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Laguna Brava – Expedición al interior de la cordillera

El paseo más esperado de todo el viaje llegó.

Días antes nos invadían algunas dudas, sobre todo respecto a cómo se iba a bancar Sofía la altura extrema que suponía llegar al centro de la cordillera, llegar a ese marco imponente de la laguna rodeada de sal.

El viaje, claro, es largo. La hora de salida muy temprana, a las 8:30hs subimos a la 4×4, que bien equipada nos llevaría a la travesía.

Y decimos que estaba bien equipada porque más allá de sus posibilidades de transitar terrenos difíciles, nuestro guía llevaba un tubo de oxígeno que podía ser importante si el apunamiento podía con nosotros. Llevando un niño, es indispensable contar con esto, uno no puede dejar de sentir la responsabilidad de limitar riesgos innecesarios para nuestros hijos.

En el pueblo de Vinchina, al pasar por la única calle del pueblo, comenzamos a ingresar en la reserva provincial Laguna Brava, por lo que debemos abonar una entrada que para los argentinos es de $30 por persona (los extranjeros pagan $40)

Al salir del pueblo, un puente sobre el río Bermejo nos abrió el camino de tierra que asciende por la Quebrada de La Troya.

Nuestro guía decidió que la gran mayoría de las paradas de fotos se harían a la vuelta. La prioridad era llegar rápidamente al tope de altura, para mitigar sus efectos. Además, es necesario llegar antes de las 13hs a la laguna, ya que luego el clima se vuelve cada vez más hostil.

Alto Jague es el último poblado que la altura permite en la zona. Y es la última parada con baño y con algunas cositas ricas para comer. ¡No dejen de probar los pastelitos y las super tortillas a las brasas que son mortales!

 

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Lo mejor es aprovisionarse de almuerzo en los pueblos de más abajo, ya que recién a la vuelta se hará una parada en un refugio para comer, en el medio de la cordillera. Lo que se coma en Jague sirve para engañar un poco el estomago hasta ese momento de almuerzo tardío, pero tengan en cuenta que la mayor parte del día uno está en el medio de la naturaleza, sin ningún lugar donde comprar nada.

Luego del descanso y el aprovisionamiento de víveres, continuamos camino cuesta arriba. No sin antes sorprenderse por la enorme piscina que en esas alturas el pueblo posee, porque aún allí arriba, el calor parece que aprieta en verano.

 

El último tramo al corazón de la cordillera

En la subida fuimos viendo algunas formas características pero casi a la pasada porque el tiempo nos corría, había que llegar pronto para evitar inconvenientes con Sofía y la altura.

Solo paramos en la forma del “dinosaurio”. Una pequeña parada fotográfica y seguimos.

 

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Lo interesante es ir viendo cómo la vegetación va desapareciendo, va bajando en altura, hasta simplemente desaparecer. A partir de los 4000mts de altura el paisaje es simplemente imponente. Las montañas desnudas muestran toda su conformación de coloridos minerales, dando una paleta de pintor a la vista que más de un artista envidiaría.

 

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Estuvimos en el norte argentino, conocemos lugares conocidos por sus majestuosos colores como Jujuy y su Purmamarca, pero les podemos asegurar que estos paisajes riojanos incluyen algunos tonos más de la escala cromática.

 

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Conforme aumentaba la latitud, Sofía se ponía un poco más fastidiosa. Insistía con sus ganas de dormir (algo típico de la falta de oxígeno, pero que puede ser peligroso en un niño chiquito si es que se duerme y vomita sin poder detectar que se ahoga) Tratamos de ir distrayéndola, pero la verdad es que llegamos a la laguna con Sofi bastante molesta.

 

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De todas maneras, logramos recorrerla un poco, Marcelo hizo un tramo caminando, acercándose a la laguna a paso firme ya que el viento caprichosamente te empujaba y te llevaba. Sofi y yo nos acercamos a la laguna en la camioneta.

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Con Sofi intentando dormirse, nos turnamos y sacamos algunas fotos. El espectáculo es realmente increíble, el viento que le da nombre no da tregua, pero el sol reflejándose con fuerza en sus aguas y los flamencos agrupados en sectores de la laguna, dan un marco increíble a esa porción de agua que se rodea de imponentes montañas coloridas.

 

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No tuvimos los adultos ningún problema con la altura, y más allá de la molestia y el sueño, Sofi no estuvo mal del estomago ni sufrió el mal de altura en su esplendor.

Obviamente que al ir con un niño es importante tomar recaudos y ser consciente que habrá que turnarse en su cuidado y estar siempre alerta.

En bajada , siguen los paisajes y en la vuelta fuimos descubriendo más paisajes y colores. Cada uno de los rincones que van llenándote la vista, te generan asombro.

 

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A los paisajes se le intercalaban detalles, que conocía el guía, de huellas de animales prehistóricos en las rocas de la montaña. Y el imponente paisaje de la nieve y los penitentes que asomaban por todos los rincones, aún con el sol apretando arriba.

 

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Tras un rato de viaje llegamos a un refugio redondo, casi con forma de iglú, muy pequeño y de paredes de piedra. Según sabemos, es uno de los trece refugios construidos entre 1864 y 1873 para albergar a los arrieros que conducían ganado a Chile por los desiertos de Atacama y Tarapacá durante la guerra de ese país contra Perú y Bolivia.

El lugar y el paisaje sirvieron para almorzar y recuperarnos de la altura, el viento y el entusiasmo.

Comimos las cosas que habíamos llevado, descansamos un rato y continuamos viaje. Para ese momento ya Sofía estaba muy animada y se le había ido todo resto de efecto de altura.

 

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En un momento de la ruta el guía decidió tomar una huella que se abría del camino y nos llevó así por paisajes increíbles y calmos. El trayecto duró un rato, y a pesar de los saltos de la camioneta por las piedras, la vista valió la pena.

 

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Después de tomar nuevamente el camino de ripio, hicimos dos paradas, una en la herradura que hace la ruta y otra en la extraña pirámide perfecta que se hizo tras las explosiones que sirvieron para hacer el camino por el que íbamos transitando. Llama la atención como el aparente corazón de la montaña tenia esas líneas rectas escondidas.

 

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Bajamos aún más y ya las montañas se volvieron a mezclar de a poco con la vegetación. Hicimos una nueva parada en los baños de Jague y ya seguimos bajando hasta una zona a dos km de Vinchina donde se ubican las llamadas estrellas diaguitas.

 

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En realidad, hay que decir que el correcto nombre de las mismas es estrellas Capayanes, ya que el pueblo originario que habitó en esa zona llevaba ese nombre. Muchos historiadores incluso, ponen en discusión que se denominen diaguitas, ya que ese pueblo parece que nunca estuvo esta región.

Encontramos entonces estos tres geoglifos (dibujo sobre la tierra) en forma de estrella de nueve puntas, realizada en canto rodado, en piedra color rojo, blanca y negra. Se cree que originalmente eran seis, y fueron en realidad reconstruidas dos hace unos años. Con todo, lo que quiero decir es que si bien es un elemento interesante por lo extraño, te queda como una sensación de armado turístico, de leyenda construida. Pero bueno, están en el camino, ¿por qué no parar a verlas?

Luego de esto, seguimos el viaje en descenso hasta volver finalmente a Villa Unión, con la tarde cayendo.

 

 

Yamila Campo
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Yamila Campo

Licenciada en Comunicación Social, paso mis días trabajando en la investigación y la docencia, especialmente en la comunicación comunitaria. Amo poner el foco en las situaciones cotidianas y volverlas fotografía. Se puede decir que soy corredora, al menos eso me gusta entrenar en los tiempos libres. Me defino como viajera y soy de las que le pone onda a toda circunstancia que pueda fallar en un viaje. Y obviamente, soy mamá de Sofía, la chiquitina que me hace reir y redescubrir el mundo todos los días.
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